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crítica
La droga del suspenso
“El fragor de la batalla
es frecuentemente una adicción poderosa y letal, puesto que la guerra es
una droga”. La cita de Chris Hedges, quien fue corresponsal de guerra
del New York Times, puesta como
epígrafe en Zona de miedo
(The Hurt Locker,
2009), no se refiere propiamente al combate. Escenas de ese tipo no hay
en el filme de Kathryn Bigelow, salvo en lo que respecta a un
enfrentamiento con francotiradores, en medio del desierto. Aunque la
cinta se desarrolla en el Irak invadido por Estados Unidos el tema es la
desactivación de bombas. Es una película de suspenso más que de guerra.
Hitchcock usó ese ejemplo para explicar
qué es el suspenso. Si unos tipos están sentados en una mesa y no saben
que debajo hay una bomba de tiempo es sorpresa; si lo saben, es
suspenso, decía. Zona de miedo
es un filme narrado en episodios
independientes, casi todos los cuales corresponden a la desactivación de
una bomba. Y además del problema característico de esa situación, que es
hallar el cable del detonador del artefacto explosivo y cortarlo, cada
escena se desarrolla en un contexto que le añaden tensión a la escena.
Ocurre por la siempre sospechosa presencia de los árabes iraquíes, al
menos dos de los cuales aparece directamente vinculado con una
explosión. Por último está el suspenso creado por el límite de tiempo
que los desactivadores de bombas están destacados en Irak: ¿llegarán al
último día de servicio, y volverán a casa sanos y salvos, o repatriarán
lo poco que quede de ellos en una caja blanca, como ocurre con el muerto
en un estallido, al comienzo de filme? Son tres capas de suspenso.
Es quizás el suspenso más que la
fotografía realista de estilo documental lo que permite que el
espectador se sienta cerca del sargento William James y de sus
compañeros, J. T. Sanborn y Owen Eldridge. En la butaca puede
experimentar la misma tensión que él ante la explosión inminente. James,
además, no es propiamente un soldado sino un personaje característico
del cine, un cowboy que
se acerca a los artefactos explosivos cuchillo en mano y sin nada de
miedo. Es alguien, en síntesis, al que uno esperaría encontrar en la
pantalla del cine. La identificación personaje-espectador implícito es
subrayada cuando se quita el traje protector y encara la bomba a mano
limpia, tal como se halla en ese momento quien lo observa en la sala. En
un filme de guerra hay disparos a todo alrededor, y cañonazos y bombas
que arrojan desde aviones, etcétera, pero incluso en las secuencias de
enfrentamiento de Zona de miedo
el enemigo se encuentra a una distancia
tal que hasta la llegada de las balas se percibe por el sonido que hacen
al cruzar el aire y atravesar la carne. En ese caso la identificación se
basa en la experiencia del videojuego, compartida por casi todos los
espectadores: disparar a figuras. En los filmes de guerra el ganchos es
el valor, el honor, el patriotismo. En este caso no hay nada de eso.
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Si la
droga de esta peculiar película es el suspenso, la manera como los
personajes están en la realidad de Irak es análoga a las percepciones
alucinadas de alguien que está drogado también. Sin recurrir a imágenes
espectaculares como las de
Apocalypse Now (1979)
Bigelow lográ transmitir la experiencia de estar en un lugar en guerra
como una pesadilla despierto. El desactivador de bombas camina por una
calle desierta hacia su objetivo, metido en un traje que parece de
astronauta, como si estuviera en otro planeta, sin poder saber nunca qué
es exactamente lo que ocurre a su alrededor, cuál es la verdadera
realidad que le rodea. Y está toda llena de amenazas. De todos lados se
asoma gente extraña que los contempla, o alguien habla por un celular
que podría activar el explosivo, u otra persona los graba en video, como
si quisiera hacer del registro de su muerte parte del éxito del
atentado, mientras que un grupo instalado en un minarete se comunica con
él por señas, o sucede un taxi cruza junto a ellos a toda velocidad
–¿carro bomba?–, sin hacer caso de las advertencias, y sólo se detiene
cuando el hombre del traje protector espacial apunta con la pistola al
chofer. Ante todo eso la mirada de las cámaras está siempre perdida, en
constante dificultad para descubrir los detalles significativos que
indiquen qué es lo que realmente ocurre, por lo que pasa nerviosamente
de una cosa otra, o hace zoom in rápidamente sobre algún detalle. Los
personajes, en síntesis, están en el lugar donde están y a la vez
sumidos en un mundo interior de alucinaciones paranoicas. Nuevamente, la
experiencia es similar a la del espectador que contempla ese mundo
alucinante en la pantalla, identificado con los personajes.
Hay
críticos que han visto Zona de miedo
como una película que es neutral ante
la guerra que muestra. Consideran que se ocupa del trabajo de los
desactivadores de bombas y no de la justicia o injusticia de la invasión
de Estados Unidos a Irak. Pero puede haber otra lectura. La relación
entre los árabes que habitan en el Irak del filme y los soldados de
ocupación es la de enemigos entre los que no sólo no puede haber
entendimiento sino tampoco comunicación de ningún tipo. Si todo el mundo
en el país “liberado” es motivo de sospecha y alarma, si cualquiera
podría ser el que ha puesto la bomba o el que la hará estallar, la
conclusión es que el problema de ese país son esos soldados que
aparentemente están ahí para hacer el bien, para establecer la
democracia en el país y desactivar las bombas de los terroristas. De qué
tipo de bien se trata es también algo difícil de percibir, dado el
estado de destrucción y abandono que reina en la ciudad. Más allá de
esas sutilezas es ilustrativa la secuencia en la que los niños arrojan
piedras al vehículo militar en el que se desplazan los protagonistas.
También aquella en la que contratistas privados de las fuerzas militares
llevan unos árabes prisioneros a los que sólo dan aguan los soldados
–hacerles padecer sed seguramente es el preámbulo de la tortura que les
espera–. Cada presa tiene un precio elevado, advierte el jefe del grupo.
“Olvidaba que era vivo o muerto”, agrega después de dispararle a uno de
ellos, que intenta huir cuando la resistencia los ataca.
Hay
una secuencia del filme que da a entender por qué William James ha
llegado a convertirse en el cowboy
que ha desactivado más de 800 bombas.
No sólo no encuentra su lugar al lado de su hijo y de su mujer sino
tampoco en una sociedad que tiene una sinécdoque en el supermercado.
Allí la expresión “cereal” puede hacer referencia a decenas de marcas y
variedades de productos. Encontrar el detonador y cortar el cable
indicado parece un problema más sencillo y real que tratar de adivinar
cuál es el cereal específico que hay que comprar entre tantos y por qué.
Ser un vaquero del Medio Oriente es, además, algo que los superiores
recompensan con expresiones de admiración y respaldo que el militar no
encuentra en su hogar. ¿Quién va a felicitar a un padre por encontrar
sin ayuda un paquete de Zucaritas para su hijo? Peor que la ambición de
apoderarse del petróleo de Irak es la necesidad existencial que siente
un hombre como James de escapar de su realidad inmediata irreal hacia la
alucinación que se llena de sentido para él con la tensión del suspenso
de la guerra. Y es un sentimiento análogo al que busca la evasión en el
cine, incluso viendo películas de arte como Zona de miedo.
¿No resultaría genial dejar definitivamente de lado los problemas que
agobian e ir a buscar la emoción del cine en la vida real, desactivando
bombas que podrían colocar tropas extranjeras infiltradas en Venezuela,
por ejemplo, en una zona de frontera en la que sea difícil distinguir
entre los que son aquí y los que son de allá?
ZONA
DE MIEDO The Hurt Locker,
Estados Unidos, 2008
Dirección: Kathryn Bigelow.
Guión: Mark Boal. Producción:
Kathryn Bigelow, Mark Boal, Nicolas Chartier, Greg Shapiro.
Diseño de producción: Karl Júlíusson.
Fotografía: Barry Ackroyd.
Montaje: Chris Innis, Bob
Murawski. Sonido: Paul N. J.
Ottosson. Música: Marco
Beltrami, Buck Sanders. Elenco:
Jeremy Renner (William James), Anthony Mackie (J. T. Sanborn), Brian
Geraghty (Owen Eldridge), Guy Pearce (Matt Thompson), Ralph Fiennes
(líder del equipo de contratistas). Duración:
131 minutos. Formato: 16 mm y
HDTV inflado a 35 mm, 1,78:1, color, Dolby Digital.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info.ve
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